Me quemé la lengua con mi primer mate. Con el paso de los días, la huella que la bombilla había dejado en mi lengua se fue quitando y me acostumbré a su sabor y su temperatura. Justo antes de que rompa a hervir el agua. Dulce, no amargo. Aún no.
Sin embargo, pasan los días y no cicatriza la huella de mi primer contacto con Ciudad de los Niños. Pobreza y miseria. Mucha miseria. Algo que vemos en la televisión de cuando en cuando, que uno sabe que existe pero no lo siente. Ni lo huele ni lo toca. Tanta que se te encoge el alma. Pobreza y miseria que no son cosa de aquí, que la hay en todas partes. Y si uno compara, estos al menos tienen un techo donde dormir.
Milagros tiene 42 años, esta embarazada por séptima vez. Séptima vez. El último chico que tuvo murió a los 4 días de nacer. Está preocupada por el que viene. El mayor, 22. El más chico, 7. A primera hora de la mañana fuimos a buscarla a su casa. Aquí no hay llamadas a los pacientes ni los pacientes llaman. Se va a su casa y se les invita a venir. El barrio está lleno de perros y da un poco de miedo callejear entre manzanas y lotes (que es como llaman a las pequeñas casitas construídas) en busca de cualquiera. Sin embargo, Pao (de Paola), la trabajadora social, aún generando demasiado contraste con ese escenario de perros sueltos y pollos famélicos con su pelo rubio y su cara dulce, se mueve con tranquilidad. La gente la va saludando. Hay muchos que le están agradecidos. Otros no tanto.
Vamos por la calle con la bata, para que no haya confusiones. Aún así, los silbidos y los piropos, no muy lindos (que dicen aquí) nos acompañan. Hay demasiados desocupados dentro del barrio. Chicos jóvenes. Las chicas tienen la ocupación de cargar con el bombo, es raro ver a una chica joven y que no esté embarazada o que no la sigan un par de niños y lleve otro en el brazo, colgado de la teta. La lactancia materna, aunque se promociona (haremos un taller informativo la próxima semana), sale sola. Es la opción barata.
La casa de Milagros es de las que no se ven muy cuidadas y la manada de niños merodean a su alrededor. Y digo merodean porque se les ve perdidos sentados donde pueden y con la mirada inatenta. Sin jugar. Sin ser niños. Como dejando el tiempo correr. Le explicamos a Milagros la necesidad de verla en el dispensario para charlar. Sonríe. Poniendo en evidencia el mal estado de sus dientes. Y acepta sin problema.
De vuelta al centro, me fijo en que es llamativa la diferencia, a parte del todo, dentro del propio barrio, el aspecto de las casas.
Hace 5 años se inauguró el barrio. Esta gente vivía en chabolas en otro lugar cercano pero sufrían inundaciones cada vez que llovía. Se construyó Ciudad de los Niños y se le ofreció a cada familia una casita de una sola planta con dos habitaciones de 3x3, una cocina y un baño junto con un terrenito circundando la casa. Todos partieron de lo mismo pero, cinco años después, no todos tienen lo mismo. Hay casas muy bonitas, con su césped y su jardín, su verja de entrada, lleno de color y muy bien cuidadas. No son la mayoría. La mayoría tiene el terreno seco y las paredes sucias. Con montones de chatarra y perros. Perros, sus chinches y sus parásitos.
Puntual, Milagros nos busca. Le vamos a dar una charla de anticoncepción para plantearle la posibilidad de hacerse la ligadura de trompas el día del parto. Aquí no andan perdiendo el tiempo. Según nace el niño, la operan y al día siguiente a su casa. Nada de 3 ni cinco días. No hay plata. El puerperio inmediato lo lleva el médico del dispensario y la propia puérpera.
Sacamos el material y le explicamos. Paso por paso. Se ofrecen cuatro opciones financiadas por el gobierno: Inyección de medroxiprogesterona, pastillas, preservativo y ligadura de trompas. Para lo último, tiene que tener tres informes: el de la trabajadora social, el del médico y el de la psicóloga. Milagros atiende sonriente. Lo tiene claro. Ella dice que lo ha visto en la televisión y que ha hecho porque sus chicos se informen.
Es analfabeta, seis de los ocho en su casa lo son. Sus chicos mayores no estudiaron, sólo lo han hecho los dos más pequeños. Su marido y ella no están casados. Soy concubina, dice con una sonrisa medio de vergüenza, medio orgullosa de aún sin estar casada serle fiel a su compañero. Él es el que aporta dinero a la casa. Mensualmente gana 150 pesos (30 euros) que alcanzan hasta 200 con los 50 de ayuda que le da el gobierno. Con eso viven ocho personas. Más el bebito que vendrá.
Entiende que no puede tener más hijos. No quiere tener más hijos. Con éste último tiene bastante miedo. Sin dudarlo, decide hacerse la ligadura. Papeles rellenos. Tarea hecha.
Tomamos mate. Casi continuamente. Y entro con Mónica a echarle un cable con los niños, es martes y les toca a ellos. Esos niños aún son niños. Ninguno pasa del año. Sus madres no pasan de los 16. De hecho, si alguna tiene 18 ya se hace raro. Como si fuera mayor.
Las patologías son las mismas. El abordaje distinto. Por conceptos y por medios. Lo uno lleva a lo otro y lo otro lleva a lo uno. Todos tienen mocos y se ríen si juegas con ellos. Son niños. No saben. Aún no han visto lo que les espera fuera.
Hoy me cuesta acabar la entrada. Demasiadas cosas nuevas. Demasiadas diferencias. Y es el mate la banda sonora. La compañía constante. La que le pone sabor a lo que se ve y se toca. Amargo. Dulce. Mate para todo.
sábado, 9 de octubre de 2010
sábado, 2 de octubre de 2010
Números
Demasiados. Y todos muy buenos. Se me van acumulando y me cuesta organizarlos. Hoy ha salido el sol aunque Córdoba me recibió con frio y lluvia ¡Hasta el abrigo de supernieve que me traje para el Perito Moreno se me quedó corto! La calefacción: encendida.
22 horas de vuelo. Ameno y más corto de lo que pensaba por la compañia, argentino y argentina de edades y situaciones vitales distintas pero acogedores con "la españolita". LLamada a las 6 horas de vuelo: "Se ruega que si alguno de las personas que se encuentra en el pasaje es médico, se comunique con nuestra tripulación". ¡Mira que me lo temía! Allá que fuí. Con mi cafinitrina en el bolsillo. Sí, soy una friki. Aparecí yo y 6 más. Argentinos todos. 1 hospital a bordo: psiquiatra, pediatra, oftalmóloga...y la "médico de familiar". Nada grave. De hecho, nada para llamar. Pero el señor era un señor mayor-padezco de todo y tomo de todo-sentado en su asiento 33 (muy propio, muy médico) que estaba preocupado porque al subir la maleta al compartimento superior (haciéndose el galante con su esposa) se había hecho daño y tenia el dedo negro. Qué poca emoción. Aunque me temblaron las piernas al oir el reclamo y me alegré de que la emoción fuera poca a 11.000 metros de altura y a más de 3 horas de tierra. Eramos muchos pero me tocó a mí ir. Explicación para quitarle hierro al asunto y, al ir a marcharme, apareció el que faltaba ¡el traumatólogo! Ya estábamos todos. Decidió montar el show en mitad de nuestro jumbo y sus 300 pasajeros. Le pinchó el dedo. Con lo que pilló, no había material. Ni necesidad. Cuestión de criterio. El mio fue que no corria prisa, que podia esperar (¡no iba a hacer un Sd.Compartimental!).
Continuó el vuelo y continuó aumentando su retraso desde la salida. No llegaba a mi enlace con Córdoba de las 18h. Llegaría a las 11 de la noche a Córdoba. 24 h desde que salí de casa de Olga en Madrid. Aterrizamos, la gente aplaudió. Aliviada y emocionada. El jumbo, esa mole, imponía. Y de hecho, mis temidas turbulencias a la altura de Brasil, fueron un discreto balanceo.
Una cola inmensa en inmigración. Empezó mi buena suerte. En todo el colapso, ya eran las 17h, había tirado la toalla. No llegaba al de las 18. Mi compañero argentino de vuelo, artesano de los mercados medievales, le echó cara por mí y llamó: "Señorita, disculpá, hay una chica acá que tiene el siguiente vuelo a las 18h, ¿no la podrían dejar pasar antes? no va a llegar". Le di las gracias, las primeras, por preguntar por mí. Pero le estuve más agradecida aún cuando, de pronto, cogería el vuelo que tenía planificado, llegaría a las 19h a Córdoba y no me tendría que enfrentar al trámite del taxi y mi miedo a que me engañaran por extranjera. Aerolineas se hacía cargo del retraso y había puesto un microbús para llevarnos a los afectados hasta el otro aeropuerto donde el avión a Córdoba nos esperaría. Ansiedad fuera. Una I (de incertidumbre) menos.
Atravesamos Buenos Aires y su caos. Edificios que rozaban el cielo. La Casa Rosada. Banderas albicelestes. Todos los coches con sus cristales tintados. Flores y limpiacristales en los semáforos. Gente, mucha gente. Colectivos decorados con ganchillo y espejos.
Ya en Aeroparque, caos de nuevo ¿donde tenía que ir? aproveché mi capacidad fisonomista para buscar algún referente del vuelo desde España. Una familia se apiadó de mí. 18:45: última llamada para los pasajeros del vuelo con destino a Córdoba. Otra escena de película. Sara corre que corre por el aeropuerto en busca de la puerta de enlace. Llegué.
Antes de que el vuelo saliera, hablé con Mónica. Primera pata lingüística y ya casi esperada por los de aquí: "Ya he cogido el vuelo". Coger no se dice, Sara :)
En ese momento, ya era de noche y empecé a notar el cansancio. Las preocupaciones pendientes eran menos. Mi alerta fue bajando. Dejando paso al agotamiento. 21h, 4 de la madrugada hora española.
Mónica y su amigo Hernán, también médico, me esperaban con una sonrisa, las llaves de mi apartamento y un kit de supervivencia para al menos desayunar la mañana siguiente. 0% preocupación. Ya he llegado y he llegado bien. Para que durmieran tranquilos en España.
Atravesamos Córdoba y tuve mi 2º contacto con el caos del tráfico. Coches por todas partes y leyes poco escritas. La ley de la jungla. Mejor no haberme traído el carnet. Una inmensidad de calles. Que cambian de nombre en mitad de la recta. Mis ojos no daban a basto para mirar todo lo que quería retener en mi cabeza. Una cabeza que cada vez pesaba más. ¡Qué lejos estaba de casa! Ya hacía 1 día que había empezado mi viaje.
Cenamos algo por ahí, cerca del apartamento y ya, me rendí. El recibimiento fue perfecto: tenía donde dormir, pesos argentinos prestados hasta que pudiera sacar, un móvil para comunicarmte, algo para desayunar. No podía pedir más. Más que una ducha caliente y una buena cama.
Así fue, así comenzó mi viaje. Estoy contenta. Donde quería estar. Y esto no ha hecho más que empezar. Con muchos números que parecía que no cuadraban pero al final, salieron bien las cuentas.
Hoy toca excursión a Carlos Paz, cerca de Córdoba. Está bien haber llegado en fin de semana. Está bien encontrarse con gente tan maja.
22 horas de vuelo. Ameno y más corto de lo que pensaba por la compañia, argentino y argentina de edades y situaciones vitales distintas pero acogedores con "la españolita". LLamada a las 6 horas de vuelo: "Se ruega que si alguno de las personas que se encuentra en el pasaje es médico, se comunique con nuestra tripulación". ¡Mira que me lo temía! Allá que fuí. Con mi cafinitrina en el bolsillo. Sí, soy una friki. Aparecí yo y 6 más. Argentinos todos. 1 hospital a bordo: psiquiatra, pediatra, oftalmóloga...y la "médico de familiar". Nada grave. De hecho, nada para llamar. Pero el señor era un señor mayor-padezco de todo y tomo de todo-sentado en su asiento 33 (muy propio, muy médico) que estaba preocupado porque al subir la maleta al compartimento superior (haciéndose el galante con su esposa) se había hecho daño y tenia el dedo negro. Qué poca emoción. Aunque me temblaron las piernas al oir el reclamo y me alegré de que la emoción fuera poca a 11.000 metros de altura y a más de 3 horas de tierra. Eramos muchos pero me tocó a mí ir. Explicación para quitarle hierro al asunto y, al ir a marcharme, apareció el que faltaba ¡el traumatólogo! Ya estábamos todos. Decidió montar el show en mitad de nuestro jumbo y sus 300 pasajeros. Le pinchó el dedo. Con lo que pilló, no había material. Ni necesidad. Cuestión de criterio. El mio fue que no corria prisa, que podia esperar (¡no iba a hacer un Sd.Compartimental!).
Continuó el vuelo y continuó aumentando su retraso desde la salida. No llegaba a mi enlace con Córdoba de las 18h. Llegaría a las 11 de la noche a Córdoba. 24 h desde que salí de casa de Olga en Madrid. Aterrizamos, la gente aplaudió. Aliviada y emocionada. El jumbo, esa mole, imponía. Y de hecho, mis temidas turbulencias a la altura de Brasil, fueron un discreto balanceo.
Una cola inmensa en inmigración. Empezó mi buena suerte. En todo el colapso, ya eran las 17h, había tirado la toalla. No llegaba al de las 18. Mi compañero argentino de vuelo, artesano de los mercados medievales, le echó cara por mí y llamó: "Señorita, disculpá, hay una chica acá que tiene el siguiente vuelo a las 18h, ¿no la podrían dejar pasar antes? no va a llegar". Le di las gracias, las primeras, por preguntar por mí. Pero le estuve más agradecida aún cuando, de pronto, cogería el vuelo que tenía planificado, llegaría a las 19h a Córdoba y no me tendría que enfrentar al trámite del taxi y mi miedo a que me engañaran por extranjera. Aerolineas se hacía cargo del retraso y había puesto un microbús para llevarnos a los afectados hasta el otro aeropuerto donde el avión a Córdoba nos esperaría. Ansiedad fuera. Una I (de incertidumbre) menos.
Atravesamos Buenos Aires y su caos. Edificios que rozaban el cielo. La Casa Rosada. Banderas albicelestes. Todos los coches con sus cristales tintados. Flores y limpiacristales en los semáforos. Gente, mucha gente. Colectivos decorados con ganchillo y espejos.
Ya en Aeroparque, caos de nuevo ¿donde tenía que ir? aproveché mi capacidad fisonomista para buscar algún referente del vuelo desde España. Una familia se apiadó de mí. 18:45: última llamada para los pasajeros del vuelo con destino a Córdoba. Otra escena de película. Sara corre que corre por el aeropuerto en busca de la puerta de enlace. Llegué.
Antes de que el vuelo saliera, hablé con Mónica. Primera pata lingüística y ya casi esperada por los de aquí: "Ya he cogido el vuelo". Coger no se dice, Sara :)
En ese momento, ya era de noche y empecé a notar el cansancio. Las preocupaciones pendientes eran menos. Mi alerta fue bajando. Dejando paso al agotamiento. 21h, 4 de la madrugada hora española.
Mónica y su amigo Hernán, también médico, me esperaban con una sonrisa, las llaves de mi apartamento y un kit de supervivencia para al menos desayunar la mañana siguiente. 0% preocupación. Ya he llegado y he llegado bien. Para que durmieran tranquilos en España.
Atravesamos Córdoba y tuve mi 2º contacto con el caos del tráfico. Coches por todas partes y leyes poco escritas. La ley de la jungla. Mejor no haberme traído el carnet. Una inmensidad de calles. Que cambian de nombre en mitad de la recta. Mis ojos no daban a basto para mirar todo lo que quería retener en mi cabeza. Una cabeza que cada vez pesaba más. ¡Qué lejos estaba de casa! Ya hacía 1 día que había empezado mi viaje.
Cenamos algo por ahí, cerca del apartamento y ya, me rendí. El recibimiento fue perfecto: tenía donde dormir, pesos argentinos prestados hasta que pudiera sacar, un móvil para comunicarmte, algo para desayunar. No podía pedir más. Más que una ducha caliente y una buena cama.
Así fue, así comenzó mi viaje. Estoy contenta. Donde quería estar. Y esto no ha hecho más que empezar. Con muchos números que parecía que no cuadraban pero al final, salieron bien las cuentas.
Hoy toca excursión a Carlos Paz, cerca de Córdoba. Está bien haber llegado en fin de semana. Está bien encontrarse con gente tan maja.
viernes, 24 de septiembre de 2010
Listas
En estos dias mi personalidad TOC se exacerba. Todos mis bolsos. Y bolsillos. Todos los cajones. Bajo los imanes de la nevera. Todo son listas. Extensiones de mi cerebro. Para no olvidarme nada. Pero de nada. Aunque algo me dejaré. Y no importará. "Con cabeza, Sara, con cabeza" pienso. Será inevitable que me sobren mil cosas. Mil porsiacasos. Dentro de nada, tendre que hacerme una lista de listas. Enfermedad al extremo.
Fonendo, bata, botas de montaña. Abrigo y vestidos. Argentina y sus posibilidades son mucho mas grandes que mi equipaje. Y más grandes que dos meses. Botiquin-supercompleto. Spray antimosquitos. Tarjetas. Cámara. Cargadores. ¡Pasaporte! El numero uno en todas mis listas. Mi verdadero billete al resto del mundo. Agenda a mano-¡qué cosas en estos tiempos modernos!-por si la tecnología falla al otro lado del océano. Los billetes. Calcetines. Pijama. Cepillo de dientes. Nada que no pueda comprar alli. Con un.millon.quinientos.mil habitantes, cualquier olvido es recuperable. Habitantes y dineros. Maleta grande y mochila. Con las manos libres para poder recoger lo que venga.
...Ordenando poco a poco la adrenalina que desbordo.
Fonendo, bata, botas de montaña. Abrigo y vestidos. Argentina y sus posibilidades son mucho mas grandes que mi equipaje. Y más grandes que dos meses. Botiquin-supercompleto. Spray antimosquitos. Tarjetas. Cámara. Cargadores. ¡Pasaporte! El numero uno en todas mis listas. Mi verdadero billete al resto del mundo. Agenda a mano-¡qué cosas en estos tiempos modernos!-por si la tecnología falla al otro lado del océano. Los billetes. Calcetines. Pijama. Cepillo de dientes. Nada que no pueda comprar alli. Con un.millon.quinientos.mil habitantes, cualquier olvido es recuperable. Habitantes y dineros. Maleta grande y mochila. Con las manos libres para poder recoger lo que venga.
...Ordenando poco a poco la adrenalina que desbordo.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Incertidumbre (s)
Incertidumbre y no con cé, con i. Y bien grande. Tan grande como el océano que atravesaré en 12 horas dentro de una semana+1 día. Hemisferio nuevo. Primavera adelantada. O retrasada. Este año tendré la suerte de disfrutarla por dos. ¿Y estornudarla por dos? País nuevo. Aduana, taxi y pesos argentinos. Entre cinco. Pisar Buenos Aires, por primera vez en mi vida y echar a volar. Córdoba me espera y allí Mónica y sus ganas de hacer que esa incertidumbre que me mantiene intranquila, que me encoge el estómago ahora que ya es ahora, sea algo más pequeña, echándome un cable con los desajustes de última hora. "Sabor argentino", dice ella.
Incertidumbre por si mi medicina será la medicina del otro lado. Incertidumbre por ser útil. Por no sentirme extraña. Al menos no por mucho tiempo. Incertidumbre por absorber todo lo que pueda. Y más. Por exprimir el tiempo. Que no quede ni una gota. Por saber echar lejos mi miedo. Por no echar demasiado de menos. Incertidumbre por mi acento. Con lo fácil que yo me mimetizo. Con lo fácil que me dejo llevar y lo extremeña de habla que soy después de sólo tres años.
Estreno hoy el blog, con la incertidumbre de compañera, desde hace días presente pero cada día que recorto de ese "quedan-no-se-cuantos-días-para-irme", más adherida a mí. Y no me molesta. Es necesaria.
La intención del blog es compartir las resoluciones de esas incertidumbres. De las conocidas y las desconocidas. Que sé que llegarán.
Poquito a poco, compartir en la distancia los pequeños detalles. Al menos una parte. De personas, de paisajes, de olores y sabores, de brisa en la cara, de medicina. Un reflejo de mi retina y de lo que estos dos meses "comunitarios" supondrán de aprendizaje médico y vital.
Incertidumbre por si mi medicina será la medicina del otro lado. Incertidumbre por ser útil. Por no sentirme extraña. Al menos no por mucho tiempo. Incertidumbre por absorber todo lo que pueda. Y más. Por exprimir el tiempo. Que no quede ni una gota. Por saber echar lejos mi miedo. Por no echar demasiado de menos. Incertidumbre por mi acento. Con lo fácil que yo me mimetizo. Con lo fácil que me dejo llevar y lo extremeña de habla que soy después de sólo tres años.
Estreno hoy el blog, con la incertidumbre de compañera, desde hace días presente pero cada día que recorto de ese "quedan-no-se-cuantos-días-para-irme", más adherida a mí. Y no me molesta. Es necesaria.
La intención del blog es compartir las resoluciones de esas incertidumbres. De las conocidas y las desconocidas. Que sé que llegarán.
Poquito a poco, compartir en la distancia los pequeños detalles. Al menos una parte. De personas, de paisajes, de olores y sabores, de brisa en la cara, de medicina. Un reflejo de mi retina y de lo que estos dos meses "comunitarios" supondrán de aprendizaje médico y vital.
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